Asociación Nacional de Empresas de Traducción e Interpretación

El IKEA de las traducciones

El pasado día 10 de noviembre, precisamente mientras se estaba hablando de “El sector de la traducción en España: Retos tecnológicos” dentro de  unas jornadas de la Dirección General de Traducción, una empresa de traducción anunciaba en redes sociales un nuevo servicio: “Haz tu propia traducción jurada y te la sellamos”.

El asunto causó un gran revuelo y APTIJ, la Asociación Profesional de Traductores e Intérpretes Judiciales y Jurados, se pronunciaba al respecto:

A los pocos días, tanto APTIC como APTIJ emitieron sendos comunicados sobre el asunto, que ya había recibido el nombre de “El IKEA de las traducciones”.

La empresa, ante ello, decidió retirar el servicio. Pero, al poco tiempo, lo volvió a ofrecer cambiando la estrategia de comunicación: “Llevamos el traductor jurado a tu casa” era el nuevo reclamo. Aunque básicamente el procedimiento era el mismo: el cliente compra una plantilla, introduce los datos que se le requieren y luego ellos la juran y la hacen llegar al instante y a un precio inferior al de mercado (https://www.tutraduces.com/).

El encargo

Empresas socias de ANETI también se posicionaron en contra de esa práctica e instaron a la junta a tomar cartas en el asunto. Y lo hicimos: Encargamos una traducción. En concreto, solicitamos la traducción jurada de castellano a inglés (el único idioma que ofertan) de un título de Bachillerato.

El formato del título no coincidía exactamente con los campos de la plantilla, pero pudimos cumplimentarla enteramente, aunque para ello tuviéramos que mirar en Internet algún dato relativo a los decretos a través de los cuales se otorgaba el título (fecha de aprobación, fecha de publicación en el BOE); poner algún “no consta”; e inventar alguna fecha que no el original no incluía porque el formato de la plantilla obligaba a poner algo.

El pago se efectuó con tarjeta. Al precio anunciado se le añadía el IVA.

Un dato no bien cumplimentado (no estaba muy claro qué había que poner), hizo que el titular de la tarjeta no fuera realmente el del titular de la tarjeta. No obstante, la operación se aceptó.  No recibimos ningún código de compra segura, aunque la pasarela parecía fiable. Y el cobro se efectuó inmediatamente.

En ningún momento se solicitó una copia del título original. Se nos requirió tanto una dirección electrónica como postal, pero no se informaba de si el envío iba a ser físico o digital, ni en cuánto tiempo lo entregarían. Tampoco recibimos una comunicación en el correo electrónico de que el trámite se había realizado debidamente.

La reclamación

Transcurrida una semana y considerando que era un plazo más que razonable, más teniendo en cuenta que ofertaban un plazo de entrega “instantáneo”, reclamamos la traducción.

Como respuesta, recibimos un mensaje por el que, alegando un fallo en la implementación del servicio, se había producido un retraso en la tramitación de la traducción. La empresa aprovechaba entonces para solicitar el envío del documento original,  pues no les había llegado correctamente a la hora de realizar el pedido. Para terminar, confirmaba que remitirían en breve el documento correctamente traducido y finalizado. Enviamos el original escaneado y les advertimos de que en ningún momento nos lo habían solicitado.

Al día siguiente, recibimos un mensaje en el que la empresa nos comunicaba que la traducción se remitiría en otro mensaje, al tiempo que reiteraba sus disculpas. Efectivamente,  seguidamente recibimos un mensaje con un enlace en el que estaba la traducción.

Analizada, no detectamos nada incorrecto, y figuraban incorporadas alusiones a sellos del original, por lo que parecía haber habido una revisión. Figuraba el sello y la firma del traductor jurado. También estaba firmada digitalmente. Consultada la lista de traductores jurados del MAE, el traductor constaba en ella.

No recibimos, sin embargo, el original sellado y fechado, por lo que se lo pedimos, aduciendo que nos lo solicitaron al entregar la traducción. Respondieron disculpándose por las molestias y comunicando que lo volverían a preparar con el original sellado y fechado. Y así lo hicieron en breve. El original, efectivamente, se recibió sellado, pero no firmado ni fechado.

De esta forma, dimos por concluido el encargo.

En resumen:

Un cliente ‘real’ habría acabado recibiendo un producto que cumplía todos los requisitos y a un precio bastante inferior al que cualquier empresa de traducciones habría podido ofrecer, eso sí, en un plazo mucho más largo del previsto, debido, por una parte, a un problema técnico y, por otra, a no haber sido aceptada en primera instancia la traducción por un procedimiento erróneo.

No obstante, los que pertenecemos al gremio, además de quedarnos con esa sensación un tanto amarga, habríamos reparado en detalles a lo largo del proceso que nos harían, cuando menos, dudar de la idoneidad del servicio.

 

¿Vergonzoso que un cliente compre una plantilla y cumplimente él mismo los datos?

Pero, ¿qué traductor jurado no utiliza plantillas?

¿Lamentable un precio incluso más de un 50% inferior?

Pero, ¿realmente muy inferior a un cotejo?

¿Dudoso por lo que a protección de datos se refiere?

Pero, ¿mucho más que el proceso que cualquiera seguimos habitualmente?

¿Un traductor supeditado a la tecnología?

O, ¿la tecnología al servicio del traductor?

 

 

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