Por Germán Garis, Director General de GeaSpeak SRL.

 

¿Existe el llamado español neutro? ¿Es una lengua artificial? ¿Permite la intercomprensión entre todos los hispanohablantes? Para responder estas preguntas, primero deberíamos llegar a una definición clara del término. Esta expresión común se emplea en distintos sectores y también es objeto de estudio académico, pero su significado puede variar según el contexto donde se utiliza.

 

Contexto

Las variantes del español son un tema muy relevante para los traductores –en especial para quienes vivimos en América– porque, curiosamente, rara vez traducimos al español de nuestro país. En América el español se habla en veintitrés países donde es lengua oficial o no oficial, y el número de hablantes asciende a más de 400 millones. Por efectos de la globalización y de los medios masivos de comunicación como Internet, se producen y distribuyen contenidos para un público amplio sin limitaciones geográficas.

Cuando la traducción no está destinada a un país en particular, la mayoría de las organizaciones, instituciones y empresas optan por la traducción al español latinoamericano o a la variante internacional. Esta supravariante se concibe como una lengua vehicular con fines comunicativos, cuyo propósito es facilitar la intercomprensión internacional, sin ir en detrimento de las variantes locales o nacionales. Es una lengua que utilizan los medios masivos de comunicación y que suele asociarse con el concepto de español como activo socioeconómico y cultural.

El término español neutro se utiliza mucho en relación con el doblaje, las cadenas de televisión internacionales en español y la asistencia telefónica remota, donde se realiza la operación de «neutralización» de acentos y variantes locales o regionales, y está muy presente la oralidad del lenguaje. No obstante, en el sector de la traducción y la localización, tenemos que hacer un gran recorte: nos referimos exclusivamente a la lengua escrita, y nos acercamos más a la definición clásica de «lengua estándar».

 

Las lenguas estándares

La estandarización de las lenguas es un fenómeno lingüístico de larga data y que está presente en muchísimos idiomas además del español. Los estándares suelen coincidir con la norma escrita y culta de mayor prestigio de un país, en general con la variante utilizada en la capital. Por ejemplo, el «idioma argentino» que nos representa en el mundo –entiéndase, la variante con la cual los demás países nos reconocen, y no aquella con la que podamos sentirnos identificados– es el rioplatense. Del mismo modo, cuando hablamos de la variante peninsular, nos referimos al estándar madrileño.

Además de estos estándares nacionales existen variantes regionales. Se hace una gran distinción entre el español latinoamericano y el europeo. En general se considera el español de América, y sobre todo de Latinoamérica, como un bloque lingüístico con ciertos rasgos distintivos, aunque quizá esta identidad se define mejor a través de la dicotomía América-España. Más que definir a estas variantes por lo que representan, se las suele identificar por las diferencias que presentan entre sí. La variante latinoamericana incluye a nada más ni nada menos que los veinte países hispanohablantes que existen en América donde el español es lengua oficial. Esto implica que su grado de estandarización es muy elevado y que prácticamente se equipara al español neutro con la excepción de que no incluye a la variante ibérica.

 

La norma panhispánica

Los sectores interesados en esta norma son varios, entre ellos:

  • Medios de comunicación y periódicos digitales en español
  • Organismos internacionales que traducen su material y comunicados a español
  • Empresas multinacionales
  • Editoriales
  • Organismos rectores del idioma español, incluida la RAE y la Asociación de Academias de la Lengua Española

La misma RAE y las Academias de la Lengua abordan reiteradamente el tema de la «unidad en la diversidad» en los Congresos Internacionales de la Lengua Española (CILE) que celebran. La Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), actualmente compuesta por las veintitrés academias de la lengua española que existen en el mundo, tiene por lema «Una estirpe, una lengua y un destino». Este interés por llegar a un consenso sobre una norma o pautas en común también se ve reflejado en obras como la nueva Ortografía de la lengua española (2010), que tanto se usa en el sector de la traducción y sobre la cual se basan tantas guías de estilo.

Las últimas sugerencias de la Ortografía no son meramente prescriptivas, sino que buscan estandarizar ciertos rasgos del español donde existe diversidad. Podemos citar como ejemplo las convenciones sugeridas para símbolos, siglas y números. Se menciona que «lo apropiado para agrupar los dígitos de tres en tres es el espacio, no la coma ni el punto», por ej.: 69 000. Esta sugerencia, como tantas otras, se realiza porque algunos países o regiones escriben esta cifra con punto (69.000) y otras con coma (69,000). Lo que se pretende, en definitiva, es homogeneizar o estandarizar el español. Todo esto contribuye a la construcción del español neutro al cual nos estamos refiriendo aquí.

Producto de este fuerte e histórico prescriptivismo lingüístico, representado por la ASALE y la RAE, y la política que brega por mantener y ampliar la unidad del idioma, en realidad ya existe una gran base uniforme y común a todo el mundo hispanohablante en la norma escrita culta, donde prácticamente no es necesario realizar ninguna operación de neutralización para quitar marcas regionales y hacer el texto más internacional. Esta situación se da especialmente con los textos académicos o científicos. Recuerdo que en una ocasión un cliente nos pidió traducir un texto médico al español de Perú. Un equipo argentino tradujo y corrigió el documento, y luego le encargamos a una traductora peruana que realizara los cambios pertinentes para adaptar el documento a la variante de su país. Los cambios introducidos fueron sinónimos, no modificaciones dialectales, y esta situación se repitió en otros casos donde nos encargaron traducciones para otros países.

La estandarización del español también se produce por efecto de la industrialización de los procesos que demanda la producción a gran escala. Los procesos de traducción no escapan a esta tendencia. El mercado exige procesos cada vez más eficientes, rápidos y económicos. La época de la traducción artesanal va quedando atrás, con excepción quizá de la traducción literaria o la transcreación. Los procesos de traducción están cada vez más intervenidos por la tecnología con la incorporación de las memorias de traducción, las herramientas de traducción asistida y, últimamente, la aplicación de la inteligencia artificial a través de la traducción automática neuronal. En este contexto el traductor tiene que limitarse a seguir guías de estilo y bases terminológicas, y el léxico utilizado suele estandarizarse para favorecer un uso regional o amplio. Esta tendencia de la estandarización léxica la podemos observar en el ámbito de la informática, por ejemplo, donde Microsoft estandarizó la terminología que se usa en ese sector con las traducciones al español de sus productos para el mercado latinoamericano y europeo.

 

El español y la diversidad

Las diferencias en el idioma español se dan principalmente a nivel léxico, y en mucho menor medida a nivel gramatical y estructural. Las variaciones son diatópicas o dialectales, es decir, relacionadas con la distribución geográfica. Podríamos mencionar como ejemplo de variantes gramaticales el voseo reverencial y el dialectal americano (utilizado en Argentina y Uruguay) los cuales, justamente por ser regionales, deberían sustituirse por el tratamiento pronominal «tú» en el estándar internacional.

El léxico es indudablemente el factor que presenta más diferencias. Cuando no existe un término común a todo el mundo hispanohablante, se suele usar un léxico estándar que facilite la compresión general o la transparencia del significado. Así se crea un «vocabulario pasivo», es decir, términos que como hablantes entendemos pero no utilizamos. Los medios masivos de comunicación o empresas que producen o traducen contenido al español suelen valerse de los criterios de frecuencia –el peso demográfico de quienes usan la voz– y la dispersión geográfica –el número de países donde se utiliza. Por ejemplo, la palabra kite podría traducirse como barrilete, papalote, cometa, volantín, papagayo, coronel, birlocha, cachirulo, cambucha, sierpe, dragón, güila y tonelete entre otras variantes posibles. Por las razones antes expuestas, en este caso la opción estándar sería cometa.

Cuando solo hay variantes nacionales y ninguna de ellas tiene más peso en términos estadísticos, otra opción es recurrir a un término más general en lugar de usar la voz local. Tal es el caso de shanty town, que equivale en español a barriadas, chabolas, población callampa, ciudad perdida, cantegril, ranchos y villa como le decimos en Argentina. En este caso se puede recurrir a un término como viviendas precarias. Un caso similar se da con el término training shoes, que en algunos países se traduce como zapatillas, zapatos o tenis. Un término más general y común a todo el mundo hispanohablante sería calzado deportivo.

Si atendemos al concepto de lengua estadísticamente dominante, se preferirá el término costo a coste en los casos de dicotomía entre el vocabulario empleado en América frente al peninsular. No debemos perder de vista que en la estandarización se recoge lo consolidado por el uso y que España representa actualmente menos del 10 % de los hablantes, aunque el peso de la raigambre histórica peninsular a veces sigue primando sobre las variantes americanas.

 

Reflexión final

El español presenta un alto grado de estandarización en la lengua escrita y culta, que es la que usan los medios masivos de comunicación y la que se emplea para las traducciones en general. Si nos atenemos al concepto de lengua estándar, como fenómeno que se produce a nivel nacional y regional, como ocurre con el caso del español latinoamericano, ¿por qué existe tanta polémica en torno a la existencia de un estándar internacional? La respuesta a esta pregunta probablemente no sea lingüística, sino política. España sigue diferenciándose de Hispanoamérica y ocupando en cierta medida un rol dominante y hegemónico, al menos en el aspecto normativo, y desde el lugar estadístico que ocupa tendría que ceder ante las expresiones mayoritarias de América que formarían el estándar internacional. No obstante, ajeno a este debate, el lenguaje sigue formándose con el uso. Las decisiones léxicas no siempre son arbitrarias; en general se llega a ella a través de la consulta con los usuarios y hablantes, quienes son los que, en definitiva, construyen la lengua.

 

 

Germán Garis es Licenciado en Traducción en Inglés egresado de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), Argentina. Está especializado en el estudio del español estándar desde su tesis universitaria. Actualmente se desempeña como director general de la empresa de servicios lingüísticos GeaSpeak.

 

Las opiniones del autor/a no reflejan necesariamente la posición oficial de ANETI.