Cada 30 de septiembre, el Día Internacional de la Traducción nos brinda una oportunidad para poner en valor una profesión que, aunque muchas veces trabaja entre bastidores, resulta esencial para hacer posible la comunicación entre personas, empresas, instituciones y culturas. En un momento en el que la tecnología avanza a una velocidad difícil de imaginar hace apenas unos años, esta celebración adquiere además un significado más especial. La inteligencia artificial, la automatización y las nuevas herramientas lingüísticas están transformando nuestra manera de trabajar, pero también están abriendo nuevos debates sobre el papel del traductor, el valor de la especialización, la formación, la calidad y, en definitiva, sobre hacia dónde se dirige nuestro sector.
Con motivo del Día Internacional de la Traducción, desde ANETI hemos querido detenernos precisamente en estas cuestiones y, sobre todo, escuchar a quienes viven esta transformación desde diferentes puntos del ecosistema de la traducción. Hemos entrevistado a cuatro profesionales que nos ofrecen perspectivas muy distintas y, a la vez, complementarias:
- Elena Montero Hinojosa, desde su experiencia como traductora profesional;
- Verónica González Pérez, de Trayma, desde la realidad de una empresa de traducción asociada a ANETI;
- Celia Rico Pérez, profesora e investigadora de la Universidad Complutense de Madrid, desde el ámbito académico y la formación de las nuevas generaciones de traductores; y
- Paula Ramollino, de Gespoint, desde la perspectiva de un partner tecnológico que lleva además muchos años acompañando al sector.
Sus respuestas dibujan un sector en plena transformación, pero también dejan entrever algo que estará muy presente a lo largo de esta conversación: las herramientas cambian, pero nuestra profesión sigue teniendo en su esencia la misma misión: hacer posible que las personas se entiendan.
Cuatro caminos diferentes hacia una misma profesión
No existe un único camino para llegar al mundo de la traducción. Desde una vocación que aparece casi de forma natural al empezar a aprender idiomas hasta la docencia, la tecnología o la gestión empresarial. Diferentes puntos de partida que han terminado confluyendo en un mismo sector.
Para Elena, la traducción estuvo presente desde muy pronto. «Desde siempre me gustó traducir», nos cuenta. De joven, cuando empezó a aprender inglés, ya traducía pequeños textos simplemente por placer. Su trayectoria profesional comenzó, sin embargo, en otro ámbito, hasta que tomó una decisión que acabaría marcando su carrera: «Hace años, cambié los números por la traducción y no me arrepiento. Es lo que más me llena y por eso sigo aquí». En el caso de Verónica, el punto de partida está muy ligado a la propia esencia de la profesión: la posibilidad de hablar y comunicarse con personas de diferentes culturas y países. Pero hay algo que destaca por encima de todo: poder ayudar a que otros también lo hagan, contribuyendo a que sean capaces de «comunicarse sin barreras».
La trayectoria de Celia nos lleva, en cambio, hasta un terreno que hoy está en el centro de prácticamente cualquier conversación sobre el futuro de la traducción: la tecnología. Su vinculación con el sector comenzó con el máster en traducción automática que cursó en la Universidad de Manchester después de finalizar Filología, en la década de los noventa, cuando estos estudios eran todavía muy novedosos y difícilmente podía anticiparse hasta dónde llegaría aquella tecnología. Ese punto de partida despertó su interés por los procesos de interacción entre el ser humano y la máquina y, posteriormente, por trasladar esa relación a la docencia. Más de tres décadas después, sigue descubriendo precisamente ese espacio entre lo humano y lo tecnológico desde las aulas de la Universidad Complutense de Madrid.
Paula llegó al sector desde una perspectiva todavía diferente. No es traductora, pero trabaja en una empresa de desarrollo de software especializado para el sector de la traducción. Y fue precisamente el sector al que se dirigía esa tecnología lo que despertó inicialmente su interés. Paula lo describe como «un sector muy humano, exigente y enriquecedor», en el que los idiomas son para muchos profesionales un trabajo y una pasión. Destaca, además, algo especialmente característico de este ecosistema: la colaboración y el intercambio de conocimiento, donde otros actores del sector se perciben muchas veces como compañeros y no únicamente como competencia.
Cuatro recorridos muy diferentes que nos recuerdan también la amplitud de nuestra profesión. Porque hablar hoy del sector de la traducción es hablar, por supuesto, de traductores, pero también de empresas, docentes, investigadores, especialistas en tecnología y muchos otros profesionales que hacen posible la comunicación multilingüe. Y si sus caminos para llegar hasta aquí han sido diferentes, también lo han sido los escenarios en los que han desarrollado sus carreras.
De la máquina de escribir a la inteligencia artificial: ¿cuánto ha cambiado realmente la traducción?
Hablar de la evolución del sector de la traducción es hablar, inevitablemente, de tecnología. Y basta con comparar cómo trabajaban algunas de nuestras entrevistadas al comenzar sus carreras con las herramientas que utilizamos hoy para comprobar la magnitud del cambio.
Verónica recuerda unos inicios que pueden resultar casi difíciles de imaginar para quienes se incorporan ahora a la profesión. Su herramienta de trabajo era una máquina de escribir electrónica, acompañada de muchos diccionarios. Corregir no era tan sencillo como borrar y volver a escribir: «únicamente se podían borrar unas pocas palabras para corregir tu traducción, con lo cual tenías que tener muy bien pensadas las palabras que ibas a emplear». Y cuando surgía una duda, tampoco existía Internet para resolverla: había que acudir al experto en la materia. La llegada de WordPerfect 5.1 en español, en mayo de 1990, mientras estudiaba Traducción e Interpretación en la Universidad de Granada, fue, en sus propias palabras, «toda una revolución por aquel entonces».
Celia vivió esa transformación desde un lugar especialmente vinculado a la tecnología. Cuando comenzó, la traducción automática era todavía «un campo experimental, casi de laboratorio», mientras que el ordenador era poco más que «una máquina de escribir sofisticada». Hoy, en cambio, la tecnología está integrada en prácticamente todas las fases del proceso: «memorias de traducción, gestión terminológica, posedición, traducción automática neuronal y, ahora, modelos de lenguaje generativos». Paralelamente, han aparecido o ganado peso perfiles y especialidades como la localización, la transcreación o la traducción audiovisual, en un sector que también se ha profesionalizado y organizado mucho más.
La evolución que ha observado Paula desde el desarrollo de software nos ofrece otra perspectiva muy ilustrativa. Hace más de una década, Gespoint había desarrollado un programa web, pero aproximadamente el 90 % de las empresas de traducción y traductores freelance con los que trabajaban preferían entonces un programa instalado en sus equipos. El concepto de alojar los datos en la nube generaba reticencias, hasta el punto de que tuvieron que desarrollar de nuevo el programa en versión de escritorio. Años después, la tendencia se invirtió y fue necesario volver a desarrollar la solución web con tecnología actualizada. Hoy, explica Paula, el cambio comprende mucho más que trabajar en la nube. Existe una necesidad creciente de automatizar procesos para ganar rapidez y eficiencia y reducir costes, «ya que los márgenes son cada vez más estrechos y el sector es cada vez más consciente de que la tecnología les permitirá reducir costes en lugar de incrementarlos».
Pero no toda evolución se mide en nuevas herramientas o en mejoras de productividad. Elena introduce aquí un contrapunto importante desde la realidad del traductor profesional. En su experiencia, antes existía un mayor volumen de trabajo y considera que una dificultad histórica de la profesión, su infravaloración, se ha acentuado con la llegada de la inteligencia artificial. La conocida idea de que «si sabes idiomas, ya puedes traducir» ha encontrado ahora una nueva versión en la percepción de que la tecnología puede encargarse por sí sola de la traducción.
Las cuatro perspectivas dibujan un sector difícilmente reconocible si observamos únicamente sus herramientas: de la máquina de escribir y los diccionarios en papel hemos pasado a las memorias de traducción, la nube, la automatización y la inteligencia artificial generativa. Sin embargo, entre tantos cambios hay algo que permanece. Como señala Celia, en lo fundamental seguimos hablando de entendernos a través de las lenguas y las culturas.
Inteligencia artificial y traducción: oportunidad, transformación y límites
Si algo queda claro es que la inteligencia artificial ya forma parte del presente del sector. La cuestión, por tanto, parece haber dejado de ser si debemos convivir con ella para centrarse en algo bastante más complejo: cómo la utilizamos, para qué y hasta dónde estamos dispuestos a delegar en la tecnología.
Para Celia, la irrupción de los modelos de lenguaje generativo está modificando profundamente los flujos de trabajo. Lo explica con una imagen muy gráfica: «la página en blanco» ha dejado de ser en muchos casos el punto de partida. En su lugar, partimos de un borrador generado automáticamente que debe ser revisado y, sobre todo, del que alguien debe responsabilizarse. Porque la fluidez de un resultado no garantiza necesariamente su fiabilidad: estos modelos «pueden reproducir sesgos, cometer errores con apariencia de fluidez y generar contenido poco fiable», especialmente cuando trabajan con textos especializados, sensibles o con una importante carga cultural. La oportunidad, desde su perspectiva, está en integrar estas herramientas de manera crítica dentro de un proceso profesional sólido. Y el límite aparece cuando comenzamos a trasladar a la tecnología algo que no solo signifique generar un texto: la responsabilidad última sobre su calidad y su significado.
Elena lo resume en una frase que quizá condense buena parte del debate actual: «El problema no es la IA, es el uso que se haga de ella y el concepto que tenga el cliente de lo que puede o no puede hacer». Desde su experiencia, puede ser una herramienta útil para buscar alternativas, sugerencias de traducción o ideas, y la propia expansión de la posedición es una consecuencia directa de esta nueva realidad.
También Paula sitúa la oportunidad en utilizar la inteligencia artificial como herramienta de apoyo. En Gespoint la emplean para ganar agilidad y productividad en determinadas tareas internas, lo que permite dedicar más tiempo a aquellos aspectos que requieren criterio humano. Sin embargo, establece una frontera clara en su propio ámbito profesional: no utilizan la IA para crear o programar su ERP, una tarea que requiere conocimientos amplios de programación, finanzas, legislación y del propio sector de la traducción. Su visión del futuro pasa, precisamente, por esa combinación entre tecnología y experiencia humana: aprovechar la IA para ganar eficiencia sin renunciar al criterio ni a la responsabilidad profesional. «La oportunidad está en aprender a utilizarla para trabajar mejor y aportar más valor», señala. El límite, por el contrario, estaría en confiar ciegamente en sus resultados. Una traducción puede ser gramaticalmente correcta y, aun así, no transmitir exactamente lo que pretendía comunicar el original.
La experiencia de Verónica aporta, además, una perspectiva histórica especialmente interesante. Para ella, el paso del traductor hacia un papel más vinculado a la revisión no comienza con la actual inteligencia artificial generativa. Durante unas prácticas en la Comisión Europea en 1998 ya trabajó con Systran y recuerda cómo aquella tecnología los convertía «en revisores más que traductores». Más de dos décadas después, encuentra un claro paralelismo con lo que está ocurriendo ahora. Su posición ante la IA es más prudente en lo que respecta a la propia traducción. Como profesional especializada desde 1997 en Propiedad Industrial y con años de trabajo apoyado en memorias de traducción, reivindica el valor del conocimiento acumulado y de la especialización. Al mismo tiempo, ve oportunidades especialmente interesantes para la inteligencia artificial en ámbitos como la gestión de proyectos y la mejora de la productividad. También comenta la necesidad de límites en cuanto a la IA: «Lo llevo diciendo desde los inicios, que iba a ser peor que una terrible película de ciencia ficción donde el “robot” acaba con la humanidad. Es muy extremista, lo sé pero también decimos que la realidad supera, muchas veces, a la ficción, así que tengamos mucho cuidado».
Las cuatro perspectivas tienen matices distintos, pero convergen en un punto fundamental: la inteligencia artificial puede ampliar nuestras capacidades, agilizar procesos y transformar nuestra manera de trabajar, pero utilizarla bien exige conocimiento, criterio y capacidad para evaluar sus resultados.
El factor humano: el valor que la tecnología no puede sustituir
Cuanto más capaces se vuelven las herramientas tecnológicas, más relevante resulta preguntarnos dónde reside realmente el valor del profesional. Celia lo resume en una idea especialmente clara: «El factor humano aporta juicio, y el juicio es difícil de automatizar». Traducir implica «interpretar una intención, un contexto, un destinatario y una cultura, y tomar decisiones razonadas cuando el texto original es ambiguo, incompleto o culturalmente delicado». Un profesional puede identificar matices, ironía, registro e implicaciones legales o éticas y, sobre todo, entender que una solución aparentemente correcta puede no ser la adecuada para un determinado cliente o contexto.
Desde su experiencia como traductora, Elena identifica precisamente algunos de esos elementos difíciles de automatizar: «experiencia, matices, coherencia, conocimientos culturales y sociales, creatividad…». Una enumeración breve que recuerda que la calidad de una traducción no depende únicamente de que las palabras sean correctas de manera aislada, sino de todo el conocimiento que permite interpretarlas y utilizarlas adecuadamente. Verónica es todavía más rotunda: «Todo, el ser humano es más imprescindible ahora que antes, si cabe». Para ella, la expansión de la IA hace necesario revisar con «ojo de halcón» aquello que la tecnología escribe, redacta o traduce, tomando cierta distancia para poder valorarlo con criterio profesional. Y sitúa tres capacidades en el centro de ese papel: «el conocimiento, la experiencia y la capacidad de tomar decisiones».
La perspectiva de Paula resulta especialmente interesante porque, en este caso, habla también como cliente de servicios de traducción. Gespoint necesita localizar su propio software para diferentes mercados y Paula afirma que no confiaría la localización de su producto y de su imagen de empresa exclusivamente a una IA o a un traductor automático. Lo que busca en un profesional es la seguridad que aporta una traducción realizada teniendo en cuenta el sector, el producto y el país al que se dirige. En su caso, la especialización adquiere además una importancia fundamental. Localizar un software de gestión y facturación exige también cuestiones como la fiscalidad y el lenguaje financiero de cada mercado. Por eso, Paula introduce una idea que amplía significativamente el papel tradicionalmente atribuido al profesional: «Nosotros vemos al traductor como un asesor lingüístico y no como una persona que solo traduce». Quizá sea precisamente ahí donde mejor se entiende el valor del factor humano en este nuevo escenario. La tecnología puede generar, proponer, automatizar y acelerar. El profesional aporta contexto, especialización, criterio y responsabilidad. No se trata necesariamente de elegir entre uno u otra, sino de saber qué papel debe ocupar cada uno dentro del proceso para conseguir el resultado que realmente necesita el cliente.
¿Qué necesita hoy un profesional de la traducción para estar preparado?
Si la profesión está cambiando, también lo está haciendo el conjunto de competencias necesarias para ejercerla. El dominio de los idiomas y la capacidad de traducir y escribir con precisión siguen siendo la base, pero ya no son suficientes por sí solos. Tecnología, especialización, pensamiento crítico, protección de datos, gestión y habilidades comerciales aparecen entre los conocimientos que nuestras entrevistadas consideran cada vez más necesarios.
Desde la universidad, Celia Rico Pérez insiste precisamente en no perder de vista los fundamentos. Para quienes empiezan ahora, su primera recomendación es clara: «No descuidar nunca la base: el dominio de las lenguas de trabajo y de la escritura sigue siendo la columna vertebral de la profesión». A partir de ahí, considera imprescindible desarrollar una competencia tecnológica mucho más amplia que hace una década. Ya no basta con saber gestionar una herramienta de traducción asistida: hay que comprender cómo funciona la traducción automática y aprender a trabajar de manera crítica con la inteligencia artificial generativa. Esa capacidad crítica cobra especial importancia ante resultados que pueden parecer correctos a primera vista. Celia señala la necesidad de aprender a «detectar errores sutiles en textos generados automáticamente» y suma otras cuestiones que están ganando peso en la formación profesional, como la ética tecnológica, la privacidad de los datos y los sesgos algorítmicos. Junto a ello, recomienda especializarse en un ámbito temático o técnico y desarrollar capacidades de gestión de proyectos y de relación con el cliente.
Elena Montero Hinojosa coincide en la creciente importancia de la tecnología y menciona expresamente el conocimiento de las herramientas informáticas disponibles y la protección de datos. Si tuviera que comenzar ahora su formación, hay además un ámbito por el que apostaría: la lingüística computacional. Para Verónica González Pérez, la formación lingüística clásica continúa siendo imprescindible, pero debe convivir con conocimientos de tecnología, herramientas CAT y alfabetización en inteligencia artificial. A ello añade formación en posedición y control de calidad, especialización y habilidades blandas que permitan relacionarse mejor con los clientes y ayudarles a comprender por qué sigue siendo necesario contar con un profesional detrás de sus proyectos de traducción.
La visión de Paula Ramollino amplía todavía más este perfil. Además de una buena formación en idiomas y traducción, considera fundamental conocer las herramientas tecnológicas que pueden mejorar la productividad, tanto en el propio trabajo lingüístico como en todas aquellas tareas que rodean la actividad profesional. Automatizar parte de la gestión diaria, la facturación, los impuestos o determinadas acciones de captación puede liberar esos pequeños tiempos que, sumados, ocupan una parte importante de la jornada y restan capacidad para asumir trabajo productivo. Pero Paula incorpora otra competencia que quizá tradicionalmente ha recibido menos atención en la formación del traductor: la capacidad comercial. Saber comunicarse con el cliente, comprender qué necesita realmente, identificar dónde se encuentran los potenciales clientes y ser capaz de transmitir el valor añadido de un servicio profesional frente a otras alternativas se vuelve especialmente importante en un mercado en transformación. En sus palabras: «Si empezara ahora en el sector, además de formarme muy bien en idiomas y traducción, invertiría desde el principio en especializarme en un área concreta y en adquirir una sólida competencia tecnológica y habilidades comerciales, de marketing y comercial, la IA puede ayudar y aportar mucho en estos últimos aspectos».
El profesional que dibujan estas cuatro perspectivas es, por tanto, mucho más multidisciplinar. Una sólida base lingüística continúa siendo el punto de partida, pero sobre ella se construyen nuevas capas de especialización, tecnología, pensamiento crítico, conocimiento del negocio y capacidad para relacionarse con el cliente. Como señala Paula, «el perfil con más futuro no será necesariamente el que compita con la IA, sino el profesional que sepa trabajar con ella y aportar aquello que la IA no puede aportar por sí sola».
El gran reto: dejar de vender palabras y empezar a comunicar valor
Si hay un reto que aparece, con distintos matices, en las cuatro entrevistas es el de hacer visible y comprensible el valor de la traducción profesional en un momento en el que cualquier persona tiene acceso inmediato a herramientas capaces de generar una traducción en cuestión de segundos. Para Celia, el desafío pasa precisamente por «definir y defender el valor añadido de la traducción profesional». La disponibilidad de traducción automática gratuita obliga al sector a explicar mejor qué entendemos por calidad y por qué merece la pena contar con un servicio profesional. Pero ahí mismo identifica también una oportunidad: «En posicionar al profesional de la traducción como experto en comunicación multilingüe y en supervisión de tecnología lingüística, y no solo como alguien que traduce palabras».
Elena pone el foco en la percepción del cliente. Considera necesario explicar mejor qué puede y qué no puede hacer la inteligencia artificial y recordar que sus errores pueden tener consecuencias importantes. Pero introduce un matiz fundamental: «No se trata de vender que la máquina es mala, sino que no es todo. Podemos coexistir más». Para Verónica, el reto tiene también que ver con la manera en que el propio sector presenta sus servicios. Su propuesta es dejar de vender traducciones únicamente a partir de tarifas por palabra para empezar a ofrecer proyectos completos, conocimiento especializado y soluciones lingüísticas. En definitiva, convertirnos en «socios de nuestros clientes en materia de idiomas para ayudarles a vender más y mejor».
Una idea muy próxima a la que plantea Paula, que propone avanzar de la venta de “traducciones” hacia soluciones de comunicación multilingüe, donde el profesional aporte estrategia, revisión, localización, creatividad y conocimiento del público. Incluso para aquellos clientes que decidan generar internamente sus traducciones mediante IA, identifica nuevas oportunidades en ámbitos como la consultoría lingüística o la formación para utilizar correctamente estas herramientas. Quizá el reto no sea demostrar que podemos competir con la inteligencia artificial, sino conseguir que se entienda qué valor aportamos cuando trabajamos con ella, sobre ella o allí donde la tecnología, por sí sola, no es suficiente.
Mirando al futuro: adaptarse sin perder la esencia de la profesión
Después de hablar de tecnología, nuevas competencias, retos y oportunidades, quisimos terminar nuestras conversaciones mirando hacia adelante. ¿Qué mensaje dejarían nuestras cuatro entrevistadas a quienes llevan años dedicándose a la traducción y a quienes empiezan ahora su camino profesional?
La respuesta de Elena no puede ser más directa: «La IA no se va a marchar, tenemos que adaptarnos». Una frase sencilla que resume buena parte de lo que hemos ido viendo a lo largo de estas conversaciones: el cambio ya está aquí y forma parte de la realidad de la profesión. Verónica mira precisamente a la experiencia acumulada para afrontar ese cambio. A quienes llevan años en el sector les recuerda que no es la primera transformación que han vivido: «Hemos vivido muchos avances tecnológicos y crisis económicas y aquí seguimos porque nos adaptamos al medio para sobrevivir». Para las nuevas generaciones, su mensaje es formarse continuamente, comprender bien qué puede y qué no puede hacer la IA y, sobre todo, buscar aquello que la tecnología no puede aportar: el criterio profesional y el razonamiento humano. «Es muy importante que los traductores noveles no olviden NUNCA dignificar nuestra profesión que no es más que facilitar la comunicación entre culturas diversas», añade.
Desde la universidad, Celia comparte esa apuesta por la actualización constante y anima a acercarse a las nuevas tecnologías sin miedo, pero también sin perder de vista el criterio humano. A quienes comienzan ahora les recuerda que llegan a «una profesión en plena transformación, y que eso es una oportunidad, no una amenaza: el mundo va a necesitar cada vez más profesionales capaces de entender lenguas, culturas y tecnología al mismo tiempo». También Paula invita a no tener miedo al cambio, pero añade un matiz importante: tampoco debemos aceptarlo sin cuestionarlo. La IA es una herramienta que el sector no puede ignorar, pero eso no debería hacernos olvidar que detrás de una buena traducción hay mucho más que palabras. Para quienes empiezan, su recomendación es aprender a utilizar la tecnología a su favor y reforzar precisamente aquello que difícilmente puede sustituir: «Especialización, pensamiento crítico, conocimiento cultural, capacidad de asesoramiento y comprensión de la comunicación».
Cuatro mensajes diferentes que terminan encontrándose en una misma idea: adaptarse, sí, pero sin perder aquello que da sentido y valor a la profesión. La tecnología seguirá evolucionando y nuestra forma de trabajar probablemente también. Pero comprender una intención, interpretar un contexto, conectar culturas, tomar decisiones y responsabilizarse de lo que finalmente se comunica continúan siendo elementos esenciales de nuestro trabajo. Y quizá esa sea también una buena reflexión desde la que celebrar este 30 de septiembre: mirar hacia el futuro con curiosidad y capacidad de adaptación, sin olvidar por qué existe nuestra profesión y a quién sirve: a las personas.
Desde ANETI queremos agradecer a Elena, Verónica, Celia y Paula que hayan compartido con nosotros su experiencia, sus reflexiones y, sobre todo, cuatro miradas tan diferentes sobre una profesión que todos vivimos con pasión. El sector está cambiando, y es natural que esa transformación venga acompañada de preguntas, retos y también cierta incertidumbre. Pero hay algo que permanece: somos una comunidad unida por el amor a los idiomas, a la comunicación y a una profesión que ayuda a conectar personas y culturas. Por eso queremos seguir creando espacios donde encontrarnos, compartir experiencias y buscar respuestas juntos. Nuestras conversaciones, encuentros de networking, talleres, jornadas y congresos nacen precisamente con ese propósito: escuchar al sector, aprender unos de otros y afrontar los cambios acompañados. Y, mientras las herramientas sigan evolucionando, desde ANETI seguiremos trabajando para estar al frente de esa transformación, poniendo en valor el conocimiento, el criterio y ese factor humano que siempre ha estado, y queremos que siga estando, en el corazón de nuestra profesión.


