Por Amagoia Acín, traductora.

 

Después de la intensa recta final que fue el último curso de Traducción e Interpretación, me esperaba un verano de descanso: levantarme tarde, viajar, no tener responsabilidades, etc.

Sin embargo, un buen día de mayo se me ocurrió abrir el documento que tenía preparado para cuando terminase la carrera, “¿Y ahora, qué?” se llamaba. En él ponía: APÚNTATE A LAS BECAS DE TRANSICIÓN AL MUNDO LABORAL, en mayúsculas y negrita. Maldije a mi yo del pasado. “¡Qué pesada! Con todos los planes que tengo, no voy a tener 25 horas semanales para esto”, me dije. Y lo dejé estar.

Seguí centrándome en terminar de una vez mi TFG, pero la voz de la responsabilidad no me dejaba en paz: no debería desaprovechar la oportunidad de trabajar en una empresa de traducción en verano. Esa voz era mi ama. Y tenía razón. Así que envié un correo al departamento de prácticas de mi universidad, la UPV/EHU.

Días después, me respondieron comunicándome que me habían escogido para una empresa de traducciones en Pamplona. Mi primera reacción: “Vaya, a madrugar todo el verano”. Mi segunda reacción: “¡Qué página web más mona! Y tienen muchos idiomas y años de experiencia…”. Y así, de repente, me entraron unas ganas tremendas de empezar las prácticas.

El primer día de prácticas ya aprendí algo muy importante: una empresa de traducción podrá tener más o menos traductores en plantilla, pero la figura del gestor es indispensable.

Cuando fui a la empresa, me sorprendió descubrir que solo había tres personas trabajando en la oficina: una gestora de proyectos y traductora, otra persona responsable de administración y del teléfono de guardia para los servicios de interpretación social, y el gerente, también traductor. Rápidamente caí; el resto de traductores estaban al otro lado de la pantalla. Ese primer día ya aprendí algo muy importante: una empresa de traducción podrá tener más o menos traductores en plantilla, pero la figura del gestor es indispensable. El gerente me lo dejó muy claro: “Aquí la jefa es Alba, la gestora de proyectos”.

Llegó junio y empecé las prácticas. Al principio fue un poco caótico, porque tenía que familiarizarme con el sistema de organización de la empresa (muchas, pero que muchas carpetas y subcarpetas), con la herramienta TAO (Trados), con un volumen de trabajo mucho mayor al de la universidad, con unos plazos increíblemente ajustados, unos textos infumables, cambios en los originales en cualquier fase del proyecto, formatos no editables, etc. ¡Vaya tarea la de las empresas de traducción para “educar” a los clientes y facilitar el trabajo a los traductores!

A raíz de estas prácticas soy verdaderamente consciente de la importancia de la tecnología en la traducción y ahora es un campo que cada vez me interesa más.

Aun así, en pocos días cogí el ritmo, y es que a lo bueno los humanos nos acostumbramos muy rápido. Para empezar, traducir con dos pantallas… Vaya maravilla. Y las herramientas TAO… Caídas del cielo. Durante la carrera las había utilizado alguna que otra vez, pero, al fin y al cabo, al tratarse de encargos ficticios, nunca había podido apreciar verdaderamente lo útiles que son: las memorias de traducción (que pueden convertir un pedido de 1300 palabras en uno de 100), los glosarios, los traductores automáticos incorporados, los informes de análisis de archivos, etc. A raíz de estas prácticas soy verdaderamente consciente de la importancia de la tecnología en la traducción y ahora es un campo que cada vez me interesa más.

Estas prácticas también han sido imprescindibles para acabar con el famoso síndrome del impostor. El equipo de la empresa (con una larga experiencia en el sector) me ha dicho que está contento con mi trabajo y he mejorado traducciones realizadas por otros profesionales mediante mis correcciones (incluso textos en rumano y checo, cosa que no me habría imaginado jamás). La confianza con la que termino las prácticas no tiene precio.

Estas prácticas también han sido imprescindibles para acabar con el famoso síndrome del impostor. La confianza con la que termino las prácticas no tiene precio.

Además, he tenido la oportunidad de conocer el mercado desde dentro y ahora entiendo de tarifas, plazos, presupuestos y facturas; conozco las herramientas TAO más a fondo; sé qué combinaciones de idiomas y tipos de textos son más habituales; he estado en contacto con un programa de gestión de proyectos; me he comunicado con clientes y traductores; y mucho más.

De hecho, tres semanas después de empezar las prácticas tuve una entrevista de trabajo en otra agencia y me di cuenta de que pude responder a muchas de las preguntas gracias a esos pocos días que había pasado en la empresa (y debí hacerlo bien, ya que me ofrecieron el puesto).

Lo cierto es que me esperaba algo muy parecido a la carrera —traducir y entregar— y, en cambio, sí, he traducido, pero también se han revisado mis textos —rara vez no hay un error—; he debatido con mis compañeros sobre decisiones traductológicas; he llevado a cabo controles de calidad; he ejercido de gestora; y, a fin de cuentas, me he descubierto a mí misma estando al tanto de todo lo que estaba ocurriendo en la empresa.

Opino que todo/a estudiante de TeI debería poder gozar de esta experiencia, ya que lo que se ve en el grado y la vida real son muy diferentes. Durante estos cuatro años he mejorado mis idiomas y he traducido mucho, pero creo que sin estas prácticas estaría muy desorientada en el mundo laboral. Quizá convendría que la carrera de Traducción e Interpretación incluyera menos asignaturas teóricas y más asignaturas dirigidas a la profesionalización y al conocimiento del oficio, pero eso es harina de otro costal.

Opino que todo/a estudiante de TeI debería poder gozar de esta experiencia, ya que lo que se ve en el grado y la vida real son muy diferentes. Creo que sin estas prácticas estaría muy desorientada en el mundo laboral.

En definitiva, me siento muy afortunada de haber disfrutado de esta beca y de haber conocido esta empresa, ya que voy sintiéndome (casi) como una traductora profesional y, si eso fuera poco, con la posibilidad de seguir colaborando con ellos. Y, por último, pero no por ello menos importante, me voy con la firmeza de que la traducción es mi vocación.

 

Las opiniones del autor/a no reflejan necesariamente la posición oficial de ANETI.