En nuestra profesión es habitual que conocidos y clientes pregunten si conocemos empresas que buscan traductores. Habitualmente, el traductor en busca de trabajo es un familiar o amigo que se ha quedado sin empleo. Tras preguntar si tiene formación específica en traducción, la respuesta suele ser la misma: «no, pero conoce tal o cual idioma». La conclusión es clara: como sucede con muchas otras profesiones, existe una visión reducida del oficio de la traducción. Nada más lejos de la realidad.
El oficio de la traducción, particularmente en el caso de los profesionales altamente especializados, no se reduce a «conocer idiomas». Los conocimientos de idiomas son imprescindibles, pero, del mismo modo que un carpintero, además de saber distinguir los distintos tipos de madera, debe conocer cuál emplear para cada uso, qué herramientas debe utilizar y cómo emplearlas adecuadamente, un traductor, además de conocer idiomas, debe dominar cuestiones tan necesarias como la técnica de la traducción, las herramientas existentes y su uso o cuándo y cómo debe emplear cada una de ellas.
De entrada, el conocimiento de idiomas debe permitirle trasladar el contenido de un escrito de una lengua a otra y hacerlo de manera fiel al original y preservando su sentido. Además, debe conocer la terminología que debe emplear, especialmente cuando se trata de un texto especializado, lo cual también implica conocer mínimamente la materia de la que trata el texto. Debe dominar distintos registros y estilos de escritura, puesto que no nos dirigimos a todos los públicos de igual manera. Debe saber buscar información y resolver dudas de todo tipo, tanto lingüísticas como técnicas. Debe conocer el uso de diversas herramientas ofimáticas y de asistencia a la traducción, así como de edición, revisión, manejo de memorias de traducción y glosarios.
Tanto si el traductor trabaja por cuenta propia como por cuenta ajena, pero muy especialmente en el primer caso, debe poseer toda una serie de conocimientos transversales que pasan por la gestión del tiempo, el trato con el cliente, la fiscalidad, la contratación y las técnicas comerciales y de márquetin. En definitiva, muchas materias como para que alguien que acaba de quedarse sin trabajo y conoce idiomas pueda dedicarse profesionalmente, salvo que… se trate de un traductor profesional.
¿Y cómo se forma un traductor especializado?
Primer paso: la universidad
El primer paso para formarse como profesional de la traducción es pasar por la universidad, concretamente, por el grado de Traducción e Interpretación. Es en este grado donde se adquiere la base de los conocimientos transversales y específicos que preparan al futuro traductor e intérprete como profesional. En el grado se profundiza en el conocimiento de dos o más lenguas, se aprende a manejar las herramientas y técnicas de traducción, edición, revisión e interpretación, se estudian aspectos lingüísticos de los ámbitos técnico, científico, jurídico y financiero, y se adquieren conocimientos de mediación cultural y de entornos audiovisuales, entre otros.
Otros estudios que pueden conducir profesionalmente a la traducción son los estudios de filología. Aunque estos grados no centran su programa en la traducción, sí incluyen materias relacionadas con ella. Es a través de esta vía como muchos traductores literarios llegan a ejercer la profesión de forma totalmente competente.
Por último, los grados técnicos, científicos y de las ciencias sociales son también una puerta de entrada al mundo de la traducción. En este caso, el valor que aporta el graduado es el alto conocimiento de las materias estudiadas. Así, es habitual que ingenieros, médicos y graduados en derecho traduzcan manuales y libros técnicos de las materias en las que son competentes. Paralelamente, para poder ejercer la profesión de manera solvente, deberán complementar su formación con el estudio de idiomas y las técnicas de traducción.
Segundo paso: la especialización
El paso por un grado proporciona una excelente base para empezar a ejercer la profesión, pero en un mundo tan complejo, rápido y cambiante como el actual, un traductor debe actualizar continuamente sus conocimientos y especializarse si piensa mantenerse en activo durante toda una vida profesional. Para conseguir un elevado nivel de especialización, las universidades ofrecen distintos posgrados relacionados con la traducción. La oferta varía desde las propuestas más genéricas, ideales para profesionales que no proceden del grado de traducción, hasta otras más especializadas, centradas en ámbitos muy específicos. Incluso, las hay que se centran en el proceso de la traducción, como los posgrados de comunicación intercultural, la traducción en el ámbito audiovisual, las tecnologías de la traducción, la gestión de proyectos, la calidad y la aplicación a la traducción de las normas ISO, entre otros.
Además de la oferta universitaria, también podemos encontrar otras vías de formación a través de la oferta de empresas privadas especializadas. Aunque no ofrecen titulaciones oficiales ni presentan el rigor académico que ofrecen las universidades, cuentan con la ventaja de que son cursos accesibles en tiempo y coste, los formadores tienen amplia experiencia práctica y permiten entrar en contacto con profesionales ya en ejercicio. Otra de las ventajas que proporcionan estos centros de formación es que el catálogo formativo incluye propuestas que preparan para el ejercicio libre de la profesión, como cursos relacionados con la búsqueda de clientes, cuestiones fiscales y legales diversas, y otros temas de interés empresarial específico.
Tercer paso: de la teoría a la práctica
Una vez finalizada la formación universitaria, comienza el gran reto de integrarse en el mundo laboral. Es en el mundo laboral donde el traductor profesional comienza a aplicar todo su aprendizaje teórico, pero también comienza un aprendizaje nuevo, el de enfrentarse día a día con la realidad de los clientes. Una parte de este conocimiento puede adquirirse en los centros de formación anteriormente descritos, pero otra la adquirirá con la práctica diaria. Los textos a traducir no son perfectos, los plazos son apretados, en el proceso intervienen compañeros de profesión y especialistas de otros campos que nada tienen que ver con el oficio, pero impondrán limitaciones y condicionantes.
Al principio, todo parece difícil y hay que lidiar con cuestiones que ni siquiera se mencionan en los temarios de los grados, pero, tras un período de adaptación, el traductor aprenderá a perfeccionar y dominar la técnica de la traducción, aprenderá a reconocer las necesidades particulares de cada cliente, a documentarse, a optimizar el tiempo, a resolver imprevistos de todo tipo, a calcular presupuestos, a gestionar equipos y muchas otras cuestiones, todas ellas muy variopintas.
Una variante: el ejercicio libre de la profesión
Ya sea al inicio de la profesión o más tarde, algunos traductores deciden ejercer la profesión por cuenta propia, como autónomos. Muy habitual en el sector, este modo de ejercer la profesión implica asumir la responsabilidad completa no solo como profesional, sino también como empresario. Este modo de ejercer la profesión tiene ventajas, como disponer de libertad e independencia para elegir los proyectos, el lugar de trabajo, el horario, los días de descanso y las vacaciones.
Sin embargo, también conlleva una serie de obligaciones, principalmente de tipo económico, pues deberá encargarse de la gestión económica de su negocio, lo que implica cumplir puntualmente con obligaciones legales, fiscales y sociales. Además, la persona debe tener ciertas cualidades, como ser disciplinada, organizada, tener dotes de comunicación y de trato con los clientes, y visión empresarial, por mencionar las más relevantes.
Presente y futuro de la traducción
El presente de la traducción tiene nombre y apellido, y se llama inteligencia artificial o IA; el futuro, nadie lo conoce. Desde hace unos años, la IA ha entrado en el mundo de la traducción como un elefante en una cacharrería y ha puesto el sector patas arriba. Parafraseando el título de una canción, todos se preguntan si la IA «mató» al traductor profesional.
Hay quien augura que la profesión desaparecerá a lo largo del siglo XXI, como desaparecieron muchas otras en el siglo XX, pero hay que tener en cuenta que detrás y delante de toda máquina hay personas. Muchas traducciones ya se están realizando actualmente con sistemas de traducción automática e inteligencia artificial, pero para que estas máquinas puedan realizar bien su trabajo es necesario que detrás haya personas que conozcan el modo de enviar la información que precisan y sean capaces de adaptar los textos antes de la traducción. Una vez traducidos los textos, es necesario revisarlos para comprobar que, efectivamente, se han traducido correctamente, siguiendo las especificaciones indicadas. Evidentemente, estos trabajos los realizan profesionales de la lengua especializados que, además de conocer distintos idiomas, conocen el modo de comunicarse con la inteligencia artificial y quién sabe qué más en el futuro. La respuesta tan solo la conoce el viento, pero si hay una reflexión que conviene conservar tras leer este artículo, es esta: el traductor es un profesional especializado que se forma continuamente.
Felipe de la Cruz
Director en Alpha Translations.
Ingeniero técnico industrial dentro del mundo de la traducción técnica desde 1994, cuando hacía poco que se abandonaron las máquinas de escribir y aún se entregaban las traducciones impresas o en disquete. Desde entonces, testigo activo de la evolución técnica de la traducción. Primero InfoVía, las BBS, los servidores locales de archivos y el WYSIWYG como tecnología punta; luego Internet, tecleando páginas web en un bloc de notas y navegando a velocidad de vértigo, ¡14.400 bps!; más tarde la traducción asistida, perfecta para la traducción de manuales; tras casi tres décadas de experiencia, la inteligencia artificial, como gestor de proyectos y director de Alpha Translations, afortunadamente.


